A principios del pasado mes de marzo se difundió el Directorio de la pastoral familiar de la Iglesia en España, documento de la Subcomisión de Familia y Vida de la Conferencia Episcopal Española. En él, a propósito de los efectos de la denominada “revolución sexual”, iniciada en los años sesenta del siglo pasado, se afirmaba, entre otras cosas, lo siguiente: “...es manifiesto que nos hallamos ante una multitud de hombres y mujeres fracasados en lo fundamental de sus vidas que han experimentado la ruptura del matrimonio como un proceso muy traumático que deja profundas heridas. Del mismo modo nos hallamos ante un alarmante aumento de la violencia doméstica; ante abusos y violencias sexuales de todo tipo, incluso de menores en la misma familia; ante una muchedumbre de hijos que han crecido en medio de desavenencias familiares, con grandes carencias afectivas y sin un hogar verdadero”.
Los medios de comunicación tardaron poco en hacerse eco, de modo más o menos sesgado, de la idea, sostenida en el documento, de que la separación de la sexualidad con respecto al matrimonio, la procreación y el amor ha contribuido a la violencia que sufren muchas mujeres en nuestro país. Y las reacciones fueron inmediatas. El día 4 de marzo, la denominada “Red de Mujeres contra la Violencia Doméstica” imputaba a los obispos que “es precisamente el modelo familiar que propugnan el que perpetúa la violencia contra las mujeres y el silencio, por resignación cristiana, de sus víctimas” y añadía que “con esta ideología y estos mensajes, no deberían dirigir casas de acogida, ya que con estos planteamientos integristas no se defienden los intereses de las mujeres”. En sentido similar se pronunciaban la coalición Izquierda Unida, la “Federación de Mujeres Separadas y Divorciadas” y la “Federación Estatal de Lesbianas y Gays”, que aprovechó la ocasión para pedir la supresión de la enseñanza de la religión en los centros escolares públicos. Al día siguiente, el 5 de marzo, el actual presidente del Gobierno, José Luis Rodríguez Zapatero, se pronunciaba en nombre del PSOE sobre esta cuestión, señalando que “la causa de muerte violenta cada año de 100 mujeres en nuestro país no es la revolución sexual; es el machismo criminal”. Añadiendo: “La Iglesia debe revisar su doctrina. Semejantes teorías no pueden influir en el futuro académico de los niños españoles. No es razonable que teorías que justifican el machismo y la sumisión de la mujer decidan el futuro académico y profesional de nuestros jóvenes. Por eso derogaré la norma impuesta por el PP y Rajoy. La Religión debe ser únicamente voluntaria y no debe computar académicamente”.
Sin embargo, pese a la contundencia y las iras nada contenidas de las referidas asociaciones y partidos, la realidad es que sí existe una conexión entre existencia de relaciones extramatrimoniales de hombre y mujer e índice de violencia contra ésta. Ya en 1986, Hotaling y Sugarman1 pusieron de relieve, a propósito del caso norteamericano, que las parejas que no están casadas, sino que tan sólo cohabitan presentan un mayor riesgo de violencia.
Algo que fue confirmado en estudios posteriores, en particular, el fundamental de Stets y Straus2 . Este último análisis ponía de relieve que las parejas de hecho presentaban una tasa de violencia significativamente más alta (35 %) que las tasas de parejas casadas (20%) o las parejas de novios (15 %). Además, estos mismos autores demostraron que las formas más graves de violencia tenían lugar en el seno de parejas de hecho. Toda una larga serie de estudios posteriores, norteamericanos y de otros países, han insistido en que existe una relación entre cohabitación y violencia doméstica, de modo que ésta es claramente inferior en las uniones matrimoniales.
Ciertamente, se apunta a muchas razones que podrían explicar este dato. Sin embargo, es importante subrayar que una de ellas es el mayor compromiso mutuo que se da entre personas casadas: Stets y Straus añaden, a este respecto que “las personas casadas ceden a los deseos de su pareja, creyendo que necesitan hacer sacrificios o adoptar compromisos si quieren mantener la relación intacta” 3. Por razones similares, Magdol4 , al constatar que el riesgo de violencia es superior en las parejas de hecho que en las parejas de novios, han añadido que hay algo en la cohabitación que la hace una forma de relación especialmente peligrosa (cfr. sobre todo ello Medina J.J., Violencia contra la mujer en la pareja: investigación comparada y situación en España, Valencia 2002). El propio Medina añade algunos elementos extraídos de los estudios norteamericanos: las parejas de hecho duran unos dos años; sólo una de cada diez prosigue en una relación (no matrimonial) duradera; la calidad de la relación suele ser más baja; son relaciones más inestables5 .
A todo lo anterior, debe añadirse un aspecto adicional relativo al uso del lenguaje. En efecto, en la expresión popular “violencia doméstica” se está tendiendo a incluir casos en los que, desde luego, hay violencia –y gravísima- pero resulta mucho más discutible que ésta sea “doméstica” en sentido estricto. Muchos de estos casos son, en realidad, crímenes pasionales: por regla general, asesinatos de mujeres que se producen tras la ruptura de su anterior relación con un hombre y el inicio de una nueva relación. Sea como fuere, un análisis cuidadoso de las circunstancias de todos los supuestos pone de relieve, de nuevo, la existencia de un nexo entre tales manifestaciones criminales y las relaciones de hecho, la promiscuidad y la inestabilidad afectiva.
En tercer lugar, debe admitirse, ciertamente, que los crímenes cometidos contra las mujeres tienen que ver con una exacerbación de la visión cosificadora de éstas, que se ha dado en llamar machismo. Pero constituye un error cualquier asociación de este fenómeno con la religión. No en vano, el propio Straus, antes citado, incluye como uno de los factores de la violencia doméstica, la no pertenencia de los sujetos a ninguna religión organizada 6. En particular, la afirmación de que el machismo es la concepción cristiana de la relación entre hombre y mujer constituye una inexactitud de tal calibre que debería sonrojar a quienes la sostienen. Es sabido que en la sociedad romana el paterfamilias tenía el derecho de vida y muerte sobre los miembros de la familia (ius vitae necisque) y que la mujer pasaba a formar parte de la familia de su marido como un objeto que se compraba o cuya posesión se adquiría por usucapión. Fue precisamente el cristianismo el que, sosteniendo desde el principio la igualdad entre hombres y mujeres, que ostentan la misma dignidad de hijos de Dios, contribuyó a la progresiva modificación del Derecho romano en favor precisamente de la mujer y de los hijos. No parece, ciertamente, que nadie que se tome en serio la exhortación de que los hombres deben “amar a sus mujeres como a su propio cuerpo”, más aún, “como Cristo amó a su Iglesia” (San Pablo, Carta a los Efesios, 5, 22 y ss.) pueda siquiera concebir la realización de los actos de violencia que todos aborrecemos y deseamos evitar.
Jesús-María Silva Sánchez
Catedrático de Derecho penal.
Universidad Pompeu Fabra
Notas al pie:
1.Hotaling, Gerald T./ Sugarman, David B., An analysis of Risk Markers in Husband to Wife Violence: the Current State of Knowledge, en Violence and Victims 1 (2), 1986, pp. 101-124
2.Stets, Jan E./ Straus, Murria, The Marriage License as a Hitting License: A Comparison of Assaults in Dating, Cohabiting, and Married Copules, en Journal of Family Violence 4 (2), 1989, pp. 161-180.
3.Stets/ Straus, Gender Differences in Reporting Marital Violence and Its Medical and Psychological Consequences, en Straus/ Gelles (Eds.), Physical Violence in American Families. Risk Factors and Adapatations to Violence in 8145 Families. New Brunswick (Transaction Publishers) 1990.
4.Magdol, Lynn y otros, Hitting Without a License: Testing Explanations for Differences in Partner Abuse Between Young Adult Daters and Cohabitors, en Journal of Marriage and the Family, 60 (1), 1998, pp. 41-55.
5.Ob. Cit., p. 312.
6.Cfr. Falcón Caro, M.C., Malos tratos habituales a la mujer, Barcelona 2001, p. 71.