Con el término “incivismo” se aludía antes a faltas de educación o urbanidad incompatibles con la condición de buen ciudadano. Es sorprendente que se haya recurrido a él para designar un conjunto de conductas muy distintas, que comprenden desde auténticos delitos o faltas penales, hasta ilícitos administrativos o, en fin, graves faltas de respeto a los derechos de los demás. Quizá sea un problema de pobreza lingüística. En otras lenguas existen, parece, más posibilidades. Así, en inglés, el término acogido para aludir al fenómeno –por cierto, nada nuevo en las ciudades europeas- es el plural incivilities, una de cuyas traducciones sería la de faltas de civilización, salvajismos o actos derivados de la condición de bárbaro; no incivism. Tampoco en francés se llama incivisme a las incivilités. Pero quizá la cuestión no sea lingüística, sino que refleje nuestra comprobada proclividad al eufemismo. Porque lo que llamamos incivismo no son sino “conductas antisociales” (como se califican, de modo consolidado, en inglés: anti-social behaviour).
Conviene subrayar que la necesaria reacción contra las conductas antisociales no tiene nada que ver, aunque así se haya dicho por algunos, con una criminalización del disenso o de la pobreza y la marginalidad. Desde luego, el disenso político -incluso el disenso que alcanza al sistema en sí- no tiene por qué canalizarse a través del vandalismo, pues cuenta con sobrados cauces de expresión. Y la inclusión de manifestaciones de la pobreza o la marginalidad en el marco -no del todo preciso- de las conductas antisociales sería un importante error conceptual, en el que ciertamente algunos incurren. Las conductas antisociales se relacionan, en cambio, de modo directo con el clima de anomia -esto es, de ausencia de normas- en el que, lamentablemente, ha crecido buena parte de nuestra juventud.
Esta anomia surge ya en la familia, dada la absoluta deslegitimación que sufre la autoridad de los padres desde hace bastante tiempo. Pero prosigue en las escuelas e institutos, donde muchos profesores, preocupados por la autodefensa, se ven incapaces de inculcar normas. Y también es, a veces, retroalimentada por esos mismos padres y profesores, todavía seducidos por una ideología en la que la tolerancia de “diversas formas de vida” ha acabado conduciendo al desprecio de cualquier virtud, empezando por el esfuerzo que todas requieren. Ahora bien, quien no se ha ejercitado desde la infancia en el respeto de normas adecuadas a su edad difícilmente podrá asumir el respeto a las normas de la sociedad adulta; cabe la posibilidad de que ni siquiera las entienda. En quien está acostumbrado a pensar sólo en sí mismo y en la satisfacción inmediata de sus deseos, cualquier apelación a la responsabilidad personal o al bien común corre el riesgo de provocar hilaridad.
Se plantea, entonces, la opción de la represión: tolerancia cero, doctrina de las broken windows a la neoyorquina… Esa vía tiene buenos ejemplos, entre otros, en la Crime and Disorder Act de 1998 y, más recientemente, la Anti-Social Behaviour Act de 2003, dictadas en el Reino Unido contra las incivilities. Sin embargo, me parece que una represión que olvide las raíces de aquello que desea erradicar está condenada al fracaso. A este respecto, seguramente existirá acuerdo en que es necesario combinarla con medios de prevención de diversa naturaleza: técnica, situacional, comunicativa, etc. Pero todo ello se queda corto. Quizá no estaría de más revisar los dogmas del relativismo, del individualismo, del antipaternalismo, del no cognoscitivismo o del indiferentismo moral. Si se paran a pensarlo sus prestigiosos defensores, advertirán que han sido un buen caldo de cultivo para ese “incivismo” del que ahora supuestamente se escandalizan.
Jesús-María Silva Sánchez
Catedrático de Derecho penal
Universitat Pompeu Fabra